
Nasreddin, o Nasrudín, es un personaje mítico de la tradición popular sufí, cuyas historias sirven para ilustrar o introducir las enseñanzas sufíes. Se supone vivió en la Península Anatolia en una época indeterminada entre los siglos XIII y XV. Nasr-ed-Din significa “victoria de la fe” y Hodja, “el maestro” o “el profesor”. También se le conoce como “El maestro Nasreddin” (Nasreddin Hodja) y Mulá Nasrudín. Su origen es medieval y se le conoce en lugares como Egipto, Síria, Asia central, Pakistán y la India. También en Turquía y Rusia. Su fama se extiende desde Mongolia hasta Turquía, e incluso el sur de Italia, en Sicilia (donde es conocido por el nombre de Giufà) y en Cerdeña, y sus aventuras y anécdotas se cuentan en multitud de lenguas distintas.
Las Olas
En cierta ocasión, el mulá Nasrudin tenía una entrevista de trabajo en un barco, ante tres oficiales. El primer oficial le preguntó:
—¿Qué harías tú en medio de un enorme ciclón, con olas gigantescas y si el barco estuviera a punto de hundirse?
—Muy sencillo —respondió el mulá—, haría lo técnicamente correcto; pararía los motores y echaría el ancla.
—Pero, en ese momento —le preguntó el segundo oficial—, llega otra ola gigante y el barco está a punto de hundirse. ¿Qué harías?
—Lo mismo —respondió el mulá—. Echaría otra ancla; todos los barcos tienen una segunda ancla.
—Pero si llega otra ola gigante… —añadió el tercer oficial.
—Me están haciendo perder el tiempo en balde —contestó el mulá—. Volvería a hacer lo mismo: echaría otra ancla para equilibrar el barco antes de que llegara la ola gigante.
—¿Y de dónde sacas todas esas anclas? —le preguntó el primer oficial.
—¡Vaya pregunta! —respondió el mulá—. ¿Y de dónde saca usted todas esas olas gigantes? ¡Pues del mismo sitio! Si usted puede imaginar olas gigantes, ¿porqué yo no voy a poder imaginar anclas? Usted siga sacando todas las olas gigantes que quiera, que yo seguiré echando anclas cada vez más pesadas.
El discurso
Debiendo un dia pronunciar un discurso en presencia de un auditorio numeroso y escogido el profesor Nasreddin ántes de entrar en materia preguntó á sus oyentes si sabian de qué les iba á hablar. Ellos le respondieron sencillamente que no.
—Pues bien, yo tampoco —dijo Nasreddin Hodja escapándose a toda prisa.
Despues de cierto tiempo, hallándose de nuevo delante de la misma reunión, comenzó Nasreddin con el mismo ecsordio.
—¿Sabens de qué voy a hablarles?
—Sí lo sabemos —contestó el auditorio esperando obligarlo a tomar la palabra por la diferencia de la respuesta.
Pero el profesor, sin andarse por las ramas, les dijo:
—Puesto que lo saben, no tengo necesidad de repetírselo —y acto seguido se fue.
La misma escena se repitió el día siguiente por tercera y última vez, y hecha por Nasreddin la consabida pregunta uno de los concurrentes, que había tenido tiempo de reflexionar, respondió:
—Algunos lo saben y otros lo ignoran.
Por un momento, nada tuvo Nasreddin que replicar y se creyó perdido. Pero al cabo de corto rato encontró con qué salir de su apuro el intrépido orador:
—En tal caso, los que lo saben pueden tomarse la molestia de referirlo a los que lo ignoran y de esa suerte todos quedarán satisfechos.
Y se retiró magestuosamente, y mas orgulloso y no menos admirado que Cicerón despues de una de sus arengas.
La mujer perfecta
Nasrudin conversaba con un amigo.
—Entonces, ¿Nunca pensaste en casarte?
—Sí pensé -respondió Nasrudin. —En mi juventud, resolví buscar a la mujer perfecta. Crucé el desierto, llegué a Damasco, y conocí una mujer muy espiritual y linda; pero ella no sabía nada de las cosas de este mundo.
Continué viajando, y fui a Isfahan; allí encontré una mujer que conocía el reino de la materia y el del espíritu, pero no era bonita.
Entonces resolví ir hasta El Cairo, donde cené en la casa de una moza bonita, religiosa, y conocedora de la realidad material.
—¿Y por qué no te casaste con ella?
—¡Ah, compañero mío! Lamentablemente ella también quería un hombre perfecto.
El costo de aprender
Nasrudín decidió que podía beneficiarse aprendiendo algo nuevo y fue a visitar a un renombrado maestro de música:
—¿Cuánto cobra usted para enseñarme a tocar la flauta? —preguntó Nasrudín.
—Tres piezas de plata el primer mes; después una pieza de plata por mes —contestó el maestro.
—¡Perfecto! —dijo Nasrudín; —comenzaré en el segundo mes.
Gratitud
Cierto día, mientras Nasrudin trabajaba en su granja, una espina penetró su pie. Increíblemente él dijo: “¡Gracias Dios mío, gracias!” y prosiguió:
“¡Es una bendición que el día de hoy no estuviese con mis zapatos nuevos!”
Si os gustaron, aquí hay más: http://www.personarte.com/nasrudin2.htm
sending...
